Ernesto, de Rafael Minvielle, fue estrenada en el Teatro Santiago en Octubre de 1842, y es considerada por muchos como una de las obras emblemáticas y precursoras de la línea romántica en la dramaturgia nacional.
Su protagonista, Ernesto, es un joven soldado español que, habiendo sido enviado a hispanoamerica a contener por la fuerza la insurrección de las colonias, abandona las filas realistas, viaja a Chile y, encendido por la utopia liberal, combate a favor de la independencia americana. Tiempo más tarde regresa a su tierra natal, con la ilusión de reencontrarse con su familia y casarse con su amada Camila, su prima y prometida desde la infancia. Sin embargo, en España, Ernesto es considerado un traidor y Camila, obediente del mandato de su padre, debe renunciar a su matrimonio con él.
El proyecto independentista Chileno y americano estuvo impulsado por ideas liberales e ilustradas recogidas de procesos sociales y culturales foráneos. Este proyecto de nación “moderna” se construyó fundamentalmente mediante –y en- el discurso, desplegando todo el poder de la palabra como edificadora de la realidad. Un discurso que construye -cuando imagina- un nuevo país independiente, que, así mismo, nunca dejará de parecernos en parte imaginario, en parte dependiente.
El texto de Minvielle adelanta ideales ilustrados, modernos, positivistas mediante el uso de un estilo literario y una historia romántica. Se vivencia en el texto entonces una especie de ambivalencia estética, una continua dualidad entre lo racional y lo romántico que nos sirve de punto de partida y de eje estructural para construir un trabajo escénico que busca preguntarse por el proyecto moderno – especialmente chileno- a partir de las ambivalencias que le son inherentes y cuya negociación constituye todavía hoy nuestro diario vivir. ERNESTO pretende la sensación de forcejeo o de fracaso que se levanta cuando se ponen en dialogo el texto y el cuerpo, la razón y la emoción, lo real y lo imaginario, la idea de libertad y la de sujeción.